Quitter’s Day es el día del año en que más abandonamos nuestros propósitos. Y la reciente campaña de Decathlon lo confirma: muchas veces no fallamos por falta de voluntad, sino por exceso de presión. La pregunta no es si necesitamos más compromiso, sino qué tipo de compromiso realmente nos ayuda a sostener hábitos sin agotarnos.
Cada enero vuelve la misma sensación: empezamos con buenas intenciones y, en cuestión de semanas, algo se rompe. No siempre es el hábito. A veces es la energía mental que lo sostenía.
Cuando leí sobre la campaña de Decathlon Canadá —esa que elimina voluntariamente la posibilidad de devolución para “bloquear” el abandono— no pude evitar pensar que estaba viendo una versión comercial de lo mismo que nos pasa a nivel personal: creer que necesitamos ponernos más presión para no rendirnos.
Y ahí es donde vale la pena detenerse.
¿Qué es el Quitter’s Day y por qué importa?
Quitter’s Day es el segundo viernes de enero, identificado por estudios de comportamiento como el punto en el que una gran parte de los propósitos de Año Nuevo se abandonan.
En países como Canadá, donde casi la mitad de la población sitúa el ejercicio como su principal resolución, los datos son contundentes: la motivación inicial es alta, pero el abandono es masivo en pocas semanas.
Esto no ocurre porque las personas sean perezosas o incoherentes. Ocurre porque la mayoría de los propósitos se construyen desde la exigencia, no desde la sostenibilidad.
De esto ya hablé a fondo en Por qué los propósitos de Año Nuevo nos agotan, pero el caso Decathlon añade una capa interesante: las marcas también lo saben.
El caso Decathlon: cuando el marketing introduce fricción “positiva”
En enero de 2026, Decathlon Canadá lanzó una campaña tan simple como provocadora. Durante todo el mes, quienes compraran su modelo de running KIPRUN 500 WR aceptaban, de forma voluntaria y simbólica, renunciar al derecho de devolución durante los primeros 30 días.
La lógica era clara: si no puedes devolverlas, si ya invertiste dinero y si incluso hay puntos de fidelización en juego, entonces será menos probable que abandones el hábito de correr.
Desde el marketing conductual, la estrategia es brillante. Desde lo humano… es más ambigua.
Decathlon introduce deliberadamente una fricción consciente en una época donde todo está diseñado para eliminar obstáculos. Comprar deja de ser solo una transacción y se convierte en un acto de compromiso personal.
La pregunta es inevitable:
👉 ¿Esto motiva… o presiona?
Fricción negativa vs. fricción positiva: no toda incomodidad es enemiga
No toda fricción es igual. Y este matiz suele perderse cuando hablamos de hábitos, motivación o fuerza de voluntad.
| Tipo de fricción | Qué produce | Ejemplo cotidiano |
|---|---|---|
| Negativa | Agotamiento, culpa, abandono | Compararse en redes, metas rígidas, autoexigencia excesiva |
| Positiva | Sostiene hábitos, conciencia, ajuste saludable | Recordatorios, rituales, acuerdos simbólicos, límites sanos |
La campaña de Decathlon funciona porque introduce fricción positiva, aunque camine por una línea fina:
- no te obliga, pero te hace pausar
- no te castiga, pero te pide conciencia
- genera un pequeño momento de reflexión
Si una marca deportiva puede rediseñar un simple proceso de devolución para ayudar a algunas personas a no abandonar, imagina lo que tú puedes lograr si rediseñas tus propios rituales sin presión.
No se trata de quitarte salidas, sino de crear apoyos, no de contratos rígidos.
Compromiso vs. sostenibilidad: no son lo mismo
Y aquí está el matiz que casi nunca nos enseñan: no todo compromiso es igual.
| Compromiso forzado | Compromiso sostenible |
|---|---|
| Se apoya en la presión | Se apoya en la viabilidad |
| Usa el miedo a perder | Usa la sensación de avance |
| Funciona a corto plazo | Funciona en el tiempo |
| Genera culpa al fallar | Permite ajustar sin castigarse |
El problema no es comprometerse. El problema es cómo y desde dónde.
Cuando el compromiso se vuelve contrato rígido, cualquier tropiezo se vive como fracaso. Cuando es flexible, se convierte en proceso.
Mi experiencia con la presión disfrazada de motivación

Durante años vi a amistades inscribirse en el gimnasio cada enero, pagando varios meses por adelantado para “obligarse” a ir. La lógica era siempre la misma: si ya pagaste, no vas a abandonar. Pero casi siempre pasaba lo contrario. El monto no era lo suficientemente alto como para sostener la motivación y, cuando dejaban de ir, aparecía una mezcla conocida: frustración, culpa y la sensación de haber perdido dinero y una oportunidad de cuidarse.
Yo conocía bien esa dinámica, y por eso nunca me sentí cómodo con la idea de presionarme así. Mi motivación dependía más de las fechas que de un compromiso real, hasta que llegó un punto en el que ya no pude ignorarlo: empecé a tener dolor crónico en las rodillas. En ese momento, el ejercicio dejó de ser un propósito abstracto y se convirtió en una necesidad de salud.
La pandemia, con todo lo que implicó, me dio algo que antes no tenía: tiempo. Tenía equipamiento en casa y pude empezar con pasos pequeños, casi simbólicos. Diez minutos. Un par de ejercicios. Nada épico. Pero esos gestos diarios se fueron acumulando hasta convertirse en una rutina que mi cuerpo ya no quería soltar, porque los beneficios físicos se sentían de inmediato.
No siempre fue así. Años antes había intentado seguir la serie de videos Insanity. Imprimí la hoja de seguimiento, me comprometí “en serio” y terminé lesionado. Estábamos en plena crisis humanitaria en Venezuela, la alimentación no era la mejor y yo no tenía guía ni asesoría. El resultado fue predecible: meses sin entrenar y la sensación amarga de haber fallado otra vez.
La diferencia durante la pandemia fue el enfoque. Dejé de exigirme heroicidad y empecé a apoyarme en apps con rutinas variadas, progresivas y realistas. Sin presión. Sin contratos simbólicos. Sin castigos.
Y así, por primera vez, el hábito no se sostuvo por miedo a fallar, sino porque el cuerpo sentía que le hacía bien.
Una reflexión final
La campaña de Decathlon no me molesta. Me inquieta. Porque funciona como espejo.
Nos recuerda que seguimos creyendo que el cambio necesita presión externa, castigos simbólicos o contratos invisibles. Cuando, en realidad, la mayoría de los hábitos duraderos nacen de algo mucho menos épico: empezar con pequeños pasos y seguir sin castigarnos.
Quizás no necesitamos más formas de obligarnos a “ser responsables” con nuestro cuerpo y nuestra mente. Necesitamos entender que todo proceso tiene etapas, que empezar siempre trae resistencia y que los hábitos nuevos conviven un tiempo con los viejos que no quieren irse. Por eso no sirve castigarnos. Sirve ser pacientes, empezar pequeño y dejar que el cuerpo y la mente se alineen con el tiempo.
Al final, los hábitos también son una inversión de tiempo: crecen cuando los cuidamos sin prisa.
📩 ¿Y tú qué opinas?
¿Te motivaría una estrategia así o te generaría más presión?
La respuesta no es binaria: depende del contexto, la persona y del tipo de fricción que se esté aplicando.
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